12 noviembre, 2011

La saga de Cano


“Marulanda no me engañó a mí, se engañó él y engañó a Colombia”.
–Pastrana
El presidente Pastrana hizo un intento jamás superado de resolver el conflicto con las FARC mediante audaces negociaciones. La zona de despeje en el Caguán y el espectáculo mundial de su festinado encuentro con Marulanda fueron aprovechados por las FARC para recuperarse material y moralmente, y dejar además la impresión de que si cesaba el asedio contra sus unidades, la paz estaría cantada. Sin embargo el diablo se atravesó: la avidez del poder total lo arruinó todo. La célebre columna farista Teófilo Forero ensangrentó el ambiente con un salvaje ataque terrorista. Pastrana reaccionó indignado, recuperó la zona de despeje y ahí murieron las negociaciones de paz. Los fusiles hablaron. En eso estaban cuando asumió Uribe la presidencia con la promesa de aplicar mano dura contra los violentos. Fiel a ella descargó los ataques más demoledores contra el mítico secretariado de las FARC.


Pese a su reprochada candidez, Pastrana obtuvo una victoria sicológica fundamental, que pocos le reconocen: dejó claro que las iniciativas de paz de las FARC no eran más que añagazas para bruñir sus armas. Uribe lo criticó severamente y sin embargo su redoblada ofensiva militar se facilitó por aquel logro de Pastrana.
¿Lo engañó Marulanda?, le preguntaron dos años después.
–Se engañó él mismo… y engañó a Colombia. Admito mi error pero insisto en un punto crucial: en las FARC hay un ala violentista encabezada por Reyes y Jojoy y otra política y más dada al diálogo, dirigida por Alfonso Cano.
Muertos Reyes y Jojoy se abrió una interrogante: ¿insistiría Cano en una guerra imposible o entraría en negociaciones de paz para convertir su fuerza en partido, conforme al exitoso precedente del M-19?
El tiempo sancionaría estas opciones. Cano perseveró y terminó en la tumba, destino anunciado por el presidente Santos. Desde la brillante Operación Jaque ordenada por Uribe y ejecutada por Santos quedó escrito el final de la saga farista. Había comenzado sus operaciones en 1949. Sus fines eran autodefensivos. No se proponía tomar el poder. Pero en 1964 aquellas autodefensas cambiaron de estrategia: llevarían la guerra hasta la puerta del Palacio Nariño y se llamarían ahora FARC-EP. Era la cadena eslabonada que iría de las partidas guerrilleras al ejército irregular móvil lanzado a colocar a Marulanda en la presidencia y a Colombia en el ALBA.
Pero ahora todo había terminado. Cano no era un académico pero sí un experimentado político, con fama de teórico y mentalidad negociadora. Si Pastrana tenía razón podría ser interesante buscar un medio alterno que detuviera la hemorragia colombiana. La pelota estaba en el campo farista. ¿Aprovecharía esta última oportunidad de dejar las armas y lograr un estatus político?
Su primera desolada declaración oficial –aún vivía Jojoy– incluyó un punto en contra y medio a favor. La guerra continuaría pero replegada al nivel de la formación guerrillera, como en 1949. El medio a favor era su disposición al diálogo. También quiso reconstruir las relaciones con sus grandes aliados Chávez y Ortega que se habían replegado astutamente al ver la dirección de los vientos. Ni soñar con el estatus de “beligerante” que, con tanto ardor internacionalista había reclamado el presidente venezolano.
La respuesta del gobierno colombiano la conocemos. La estructura central de las FARC ha sido fulminada, las deserciones se multiplican y en ausencia de un mando central creíble las unidades dispersas, acostumbradas a la guerra y unidas umbilicalmente al narcotráfico, seguirán operando libremente sin demasiado interés por la política. Es un modo de vida y no conocen otro.
Cano no tenía la auctoritas de Marulanda y Reyes y no despertaba pasiones ni leyendas como Jojoy. Fue realista cuando ordenó el repliegue hacia la formación guerrilla, reflejo de su desesperanza por la suerte de la guerra. Las guerrillas –como lo sabía este hombre– molestan detrás de las líneas enemigas, pero estructuralmente no pueden ganar guerras. Cano no padecía del optimismo fundado de Reyes ni el infundado e infantil de Jojoy. Sabía que iba a perder. ¿Por qué desaprovechó la oportunidad de evitar el naufragio? ¿Acaso quería salvar su hoja de vida?
Cano ya no está en condiciones de desmentirme pero creo que en su fatal decisión pudieran haber incidido dos factores decisivos: primero, su incapacidad de gobernar aquel maltrecho Frankenstein que la vida le había puesto en sus pulidas manos. Los atomizados señores de la guerra, con sus puñados de combatientes sin más convicción que la ventaja material, podían someterse a medias a Marulanda, a Reyes y a un duro como Jojoy, pero no al filósofo de un movimiento que ha perdido la esperanza y las convicciones.
El segundo sería peor: quería reencontrarse con la política, la calle y el debate abierto, mas el militarismo metido en los huesos y la sospecha enloquecida contra quien iniciara lo que en el fondo todos querían, lo obligaron a seguir remando… a seguir cavando.

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