23 abril, 2013

Tú aguanta

Martín Moreno
La frase no queda en la mera anécdota política. El fondo es más que preocupante. 
Tú aguanta
Rosario, no te preocupes, hay que aguantar…”, recomendó el presidente Peña Nieto a la secretaria de Desarrollo Social, ante las denuncias panistas de que la Cruzada contra el Hambre se utiliza con fines electorales en Veracruz. La frase no queda en la mera anécdota política. El fondo es más que preocupante.
¿Por qué?


Primero: porque estamos a dos meses y medio de las elecciones del 7 de julio —cuando se elegirá gobernador en Baja California, 25 diputados y cinco ayuntamientos; mientras, se renovarán poderes locales en Veracruz, Oaxaca, Quintana Roo, Puebla, Hidalgo, Durango, Aguascalientes, Zacatecas, Chihuahua, Sinaloa, Coahuila, Tlaxcala y Tamaulipas—, y la censurable práctica de cambiar comida por votos atisba desde las oficinas gubernamentales.
Segundo: porque el mensaje inequívoco del “hay que aguantar”, el priismo lo concibe, nada menos, como orden suprema y disposición sagrada en tiempos preelectorales. Los priistas fueron diseñados en torno a la figura presidencial y la palabra del Presidente en turno es respetada y obedecida. Si no hay veto presidencial para ciertas prácticas político-electorales, luego entonces está permitido y avalado. Allí radica el riesgo: en que el abuso se vuelva práctica común bajo la bendición presidencial.
Tercero: porque apenas a cinco meses del retorno del PRI al poder, las mañas arcaicas parecen reverdecer, con todo lo que implica maquinaria electoral, recursos oficiales, programas contra el hambre y condiciones a los pobres. Si eso ocurrirá justo un año después de la elección presidencial, durante la historia electoral del resto del sexenio quedará desterrada la palabra equidad.
La política es un juego de repercusiones y costos.
El Pacto por México —sin duda— se vulnera con el affaire Veracruz.
Y si en verdad hay programas sociales desviados hacia fines electorales, ni el PAN ni el PRD deben simular. Sería vergonzante que en aras de cumplir un pacto o acuerdo cerraran los ojos ante el trueque de comida por votos. Mucho cuidado con caer en la inercia de permitir cualquier cosa en nombre del Pacto por México. Así no.
El asunto no es menor.
El presidente del PAN, Gustavo Madero, reviró hábil al aclarar en una frase la posición del PAN ante lo ocurrido en Veracruz: “No es crítica, es denuncia penal”. Es decir: va más allá de la simple palabrería.
El domingo pasado, el PRD acusó a 25 nuevos funcionarios priistas que estarían operando previo a las elecciones del 7 de julio. “(La red electoral) se integra por dirigentes del PRI”, acusó Jesús Zambrano.
En el DF, Miguel Ángel Mancera ya pintó raya: planteó a Rosario Robles que la cruzada federal contra el hambre no tenga uso político. “Desde ahora decirlo: debe haber muchísimos otros municipios con mayor rango de pobreza”, adelantó Mancera.
¿Qué respondió el PRI? César Camacho: “El Pacto por México no es rehén de las elecciones, tiene su propia dinámica y su propio contenido. No está en riesgo”.
Lo cierto es que las fichas de cambio del PAN y del PRD no deben combinar pacto con hambre y elecciones. Deben tomarse por separado.
Aun más:
La oposición debe ser vigilante y estricta con el uso de programas sociales en víspera de elecciones. El PRI tiene usos y costumbres: frijoles a cambio de votos. Hoy por ti, mañana por mí.
Y si lleva bendición presidencial, tanto mejor.
ARCHIVOS CONFIDENCIALES
MICHOACÁN. El priista Jesús Reyna fue designado gobernador interino por el Congreso local, en tanto, Fausto Vallejo atiende sus problemas de salud. El ungimiento palidece con un estado con territorios autónomos gobernados por el narco, en los que, inclusive, ni siquiera se permite votar; civiles inocentes asesinados cuando se atreven a denunciar; candidatos a alcaldías impuestos por el crimen organizado; síntomas de ingobernabilidad tras el gobierno fallido de Leonel Godoy y el paso trastabillante de Vallejo. Reyna no tiene muchas opciones. Vamos, ni siquiera sabe cuánto tiempo gobernará. El retorno de Vallejo es un misterio, mientras los michoacanos continúan padeciendo el vacío de autoridad y la violencia que rebasa a partidos y a gobiernos.
GUERRERO Y OAXACA. Culpar sólo a Ángel Aguirre y a Gabino Cué de la descomposición política y social en sus estados, resulta comodino y hasta simplista. Si bien tienen una dosis alta de (ir)responsabilidad porque su desempeño ha sido insuficiente y disperso, los gobiernos que por décadas se asociaron con los maestros y los alimentaron con dinero y prebendas (los Figueroa y Torreblanca en Guerrero, y José Murat y Ulises Ruiz en Oaxaca) contribuyeron a la desestabilización que, hoy, mantiene de rodillas a poderes y a habitantes. Y un conflicto añejo no se resolverá en meses.

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