27 abril, 2013

Yo no puedo votar

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Ya llegan de nuevo las elecciones, tiempo de “cumplir con nuestra obligación como ciudadanos”, “de ejercer tu derecho”. Incluso cuando votaba, creyendo que lograba cambiar algo, nunca me cerró del todo eso de “tenés que votar”. Más allá de lo legal o lo práctico, ¿es realmente así? ¿Es en verdad una obligación moral? ¿Es realmente mi deber como persona hacia los demás?
ovejas
No hay nada malo en el acto de elegir, ya que nosotros diariamente necesitamos elegir productos, servicios, o bien relaciones humanas, porque no tenemos recursos y tiempo para todo ni todos. Se puede decir que en nuestro día a día votamos cuando adquirimos un bien o servicio en vez de otros.
Muchos factores influyen: calidad, precio, marca/prestigio, servicio posventa, etc. Pero cual sea el motivo, en un mercado libre no estamos ordenando a otros qué productos o servicios adquirir, a lo sumo estamos señalando nuestra preferencia, que otros pueden imitar o no. Respetamos al otro.

 
Sin embargo, cuando hacemos una elección en el marco de la política, hay una diferencia importante: lo hacemos obligando al resto a adquirir también lo que elegimos, según nuestros motivos personales (hasta debido al color de un trapo). Y estamos perfectamente conscientes de que lo hacemos con esa intención, de obligar a los demás a aceptar nuestra voluntad. Ésa es la esencia de la democracia, la imposición del deseo de la mayoría. Todos lo sabemos. Sin embargo no vemos problema ahí.
Cuando uno “vota” en el mercado libre, vota con su propiedad. Pone en juego su persona y lo que le pertenece. Cuando uno vota en política no lo hace asumiendo solo los riesgos que ello implica, sino que pone en juego además la propiedad y libertad de todos. ¿Es esto ser responsable y considerado hacia los demás?
El voto político es el método legal que se ha adoptado y exaltado para conceder privilegios de poder a un grupo de personas que llevará a cabo el deseo de la mayoría (o eso prometen). Hablar del voto como un deber no es más que la suposición de que no hay nada malo en hacerlo, y hay quienes incluso piensan que somos mejores personas por participar del proceso electoral.
Encuentro simplemente siniestro que una persona adulta le diga a otra cómo debe vivir su vida, qué debe hacer y qué no de acuerdo a su escala personal de valores. Creo que uno está en su libertad si quiere delegar la responsabilidad de vivir a otro,  pero no existe un derecho ni una obligación moral de obligar al resto a vivir esa misma realidad solamente porque es la voluntad de una mayoría (y sabemos que históricamente las mayorías muchas veces están muy equivocadas).
Yo no puedo votar, aunque me pareciera factible, por lo que implica votar hoy en política. Implica elegir por los demás, considerar que el otro no es capaz de manejar su propia vida (pero que yo sí, y no sólo soy capaz de manejar la mía sino a la vez la de los demás). Implica atribuirse la autoridad moral e intelectual de decidir qué es “lo mejor para ellos”. Es cómodo, soberbio y peligroso. Prefiero respetarlos como individuos y reconocer que como yo son libres y responsables de sus actos. Ése es mi deber hacia los demás.
Una sola postura verdaderamente moral queda a la persona responsable y honesta con sus principios: debe abstenerse de obligar a sus prójimos. Esto significa que ésta se negará a participar en un proceso mediante el cual algunos hombres obtienen poder ilegítimo sobre los demás. Si usted valora su vida, libertad y propiedad, hay sobradas razones para que se abstenga de participar en un proceso que se gesta precisamente para controlar la vida, libertad y propiedad de cualquier otra persona.

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