30 mayo, 2013

Espléndida miseria

Espléndida miseria

Por Alvaro Vargas Llosa
Thomas Jefferson definió la servidumbre de la Presidencia como una “espléndida miseria”, frase que acaso sirva mejor para describir el segundo mandato consecutivo de los presidentes estadounidenses. Y para describir lo que debe sentir en estos instantes el Presidente Barack Obama. No han pasado ni cinco meses de su nuevo período y ya está abrumado por tres escándalos que han rasguñado su traje de triunfador y erosionado su autoridad, abriendo perspectivas de riesgo para sus planes legislativos. En el Congreso, amigos y enemigos actúan con un ojo en las encuestas, pensando en la reelección.

Primero, la cadena de televisión ABC descubrió que el año pasado, como decían sus adversarios, la administración Obama, con la reelección en mente, ya tenía indicios de que Al Qaeda y compañía habían participado en el atentado mortal contra el consulado en Bengasi, cuando alegó que se había tratado de una manifestación espontánea inspirada en los disturbios de El Cairo. Luego se supo que la agencia tributaria puso la puntería a grupos vinculados al Tea Party, acérrimos adversarios de Obama, aplicándoles un escrutinio políticamente motivado. Por último, se ha hecho público que el Departamento de Justicia obtuvo secretamente el registro de las comunicaciones telefónicas de la agencia de noticias The Associated Press, para tratar de cazar a quienes filtran a la prensa información relacionada con la seguridad.
A Lyndon Johnson, que heredó el tramo final del gobierno de John F. Kennedy y luego obtuvo el propio en las urnas, la Guerra de Vietnam lo hizo polvo. En el caso de Richard Nixon, a los cuatro meses de iniciado el segundo mandato le formaron al republicano la Comisión Watergate... y ya sabemos cómo acabó aquello. A Ronald Reagan le estalló en 1986 el escándalo “Irán-Contra”, por la venta ilegal de armas a Irán y el desvío de esos fondos a la resistencia nicaragüense. A partir de enero de 1988, a Bill Clinton lo arrinconó el “affaire” Lewinsky. Y a Bush se le vino la noche, también en el segundo gobierno, a partir del huracán Katrina y el hastío general con la ocupación de Irak.
Obama debe estar pensando en todos esos antecesores en estos días, mientras hace control de daños. El país concede a sus presidentes el privilegio de ser candidatos a una reelección con todas las ventajas del poder, pero se los hace pagar caro. Sin duda hay algo de justicia poética en ello. El problema es que un presidente reelecto no tiene más de dos años efectivos antes de volverse un “pato cojo”. La principal víctima de lo que le sucede a Obama puede ser la reforma migratoria. Participé hace pocos días en un programa de Fox con el senador Marco Rubio, impulsor de la propuesta que debate el Congreso. Su mayor preocupación es que esto reste fuerza al presidente para sacar adelante una versión creíble de esa reforma, en lugar de una versión descafeinada, que resulte de una negociación en la que el fuerte ha pasado a ser débil.
Todo esto puede tener consecuencias importantes si, en las elecciones legislativas de 2014, los republicanos mantienen la mayoría en la Cámara de Representantes y arrebatan a los demócratas la mayoría en el Senado. Se entiende que, después del mazazo de noviembre, la derecha haya empezado a salivar intensamente.

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