05 mayo, 2013

Obama y la definición de 'terrorismo'

Estados Unidos 


El control de las palabras es importante. Que se lo pregunten a un publicitario. En la disputa ideológica –y en su correlato, la práxis política– puede ser la diferencia entre ganar o perder o, como mínimo, entre combatir desde una posición dominante o desde otra batida por el enemigo. Tradicionalmente la izquierda, última en llegar, trata de ocupar las posiciones lingüísticas altas, mientras la derecha se queda acantonada con las antiguas pero vulnerables expresiones de tiempos menos conflictivos. Pro Choice, a favor de elegir, es todo un acierto para ennoblecer la opción entre dejar vivir o matar al hijo que una madre gestante lleva en sus entrañas.


Bush se adelantó a sus rivales ideológicos lanzando la guerra contra el terrorismo inmediatamente después del 11-S. La objeción de que el terrorismo no es más que una táctica y no se guerrea contra las tácticas sino contra los enemigos es de un purismo irrelevante. Estaba de sobra claro quiénes eran los enemigos. Pero el énfasis estaba puesto en un cierto tipo de terroristas, que actuaban internacionalmente, que atacaban a los Estados Unidos dentro y fuera de su territorio. Acontecía además que éstos estaban propulsados por una interpretación del islam francamente extrema, pero no descabellada en términos literales. Eran minoritarios los que actuaban, pero muchos millones los que los aplaudían, con diversos grados de exposición pública. Para no involucrar indiscriminadamente a todos los musulmanes se habló de islamistas, distinguiéndolos de los islámicos en general y, en un paso más allá, sin duda más preciso pero algo más obscuro, de yihadistas, siendo yihad la guerra santa. Pero los discípulos de Mahoma rechazan en bloque cualquier palabra que contenga la más leve referencia a su religión, por restrictiva y precisa que sea, por lo que Obama, desde sus inicios, ha hecho toda clase de piruetas lingüísticas para respetar estrictamente la corrección islámica, por mucho que viole el rigor semántico.
Un llamativo brote de la sumisión reverencial a este tabú se produjo en la primera intervención de Obama tras los atentados de Boston. Dada la refleja asociación de terrorismo con lo innombrable, ni siquiera usó la palabra. Como ahora eran sentimientos más cercanos los que estaba hiriendo, tuvo que apresurarse al día siguiente, cuando se seguía sin saber nada de los autores y por tanto de su filiación y motivaciones, en recurrir a su uso explícito, no sin inmediatamente rebajarlo con una definición difuminadora, convirtiendo en terrorismo cualquier atentado contra civiles, omitiendo los propósitos políticos del acto y sus motivaciones ideológicas. La reciente masacre en una escuela primaria de Newtown y los asesinatos en serie no lo son. En aquel punto, pudiera ser que el atentado no fuera terrorista, pero no tenía sentido excluir tácitamente la posibilidad de que lo fuera.
Finalmente, cuando ya no había duda se hicieron patentes las grandes y muy intencionales consecuencias de las nada inocuas palabras. Tsarnaev y sus cómplices están siendo tratados como delincuentes comunes, con los que comparten características, pero no como los enemigos combatientes que realmente son. El resultado en la lucha contra el terror puede ser abismalmente distinto.

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