24 octubre, 2011

La muerte de Gadafi

LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Por Horacio Vázquez-Rial

No sé si fue por la fabulosa –y mentirosa– irrupción de ETA en la campaña de Rubalcaba, que a tantas lágrimas de cocodrilo socialista dio lugar, pero tengo la impresión de que la muerte de Gadafi no alcanzó, al menos en España, el relieve informativo que merecía, vistas la importancia del personaje y la forma repugnante en que se produjo.

Gadafi fue entregado a la horda por las potencias a las que sólo interesaba su silencio. Cualquier otra salida, incluso un juicio tan condicionado como el que se le siguió a Sadam Husein, hubiera significado el riesgo de que hablara. De modo que el camino más sencillo consistía en arrojarlo a los leones. Lo vimos en la tele, filmado y fotografiado con los teléfonos móviles de los mismos que lo hacían papilla. Vencido hasta por los años que hasta ese momento final había intentado disimular con tintes y afeites. Destrozado. Literalmente. A puñetazos y patadas y palos. Con furia.

Los condenados de Nuremberg, que sin duda habían cometido crímenes más abundantes, si no más abominables que los de Gadafi, fueron limpiamente ejecutados o permanecieron en la cárcel los años debidos, como Hess en Spandau. Los crímenes de guerra no justificaron los crímenes de paz. Ni los unos ni los otros tienen justificación, jamás. Sí existen, en cambio, razones políticas para cometer unos y otros. Gadafi tuvo las suyas para mandar matar, individual y colectivamente, a miles de personas, con bombas o a tiros, y derribando aviones de pasajeros si se terciaba. También las tuvo para entrenar en su territorio terroristas de toda laya: etarras, montoneros, irlandeses iracundos, hasta paramilitares de la Triple A argentina. Y para financiar atentados de otros.

Era un asesino sin ataduras morales de ninguna clase. Pero se lo había aceptado en Occidente, se le había perdonado hasta lo de Lockerbie y se permitía que plantara su jaima donde se le ocurriera e hiciera su show. Era un amiguete incómodo, pero no más incómodo que los que le sucederán en el gobierno, integristas capaces de cualquier cosa.

Nosotros no somos eso, no podemos permitirnos ser eso. El tipo escapó como la rata que era, por las alcantarillas, pero el deber de Occidente era atraparlo con vida, juzgarlo y condenarlo, como corresponde a nuestra civilización, que no puede aliarse con los bárbaros. El linchamiento fue obra de otros libios, que representan lo que viene ahora en su país: espero que ya nadie me hable de la primavera árabe, porque contará con todo mi desprecio por siempre jamás. Era nuestro deber impedir el crimen, lo perpetrara quien lo perpetrara.

Los espectadores de la televisión, y las propias televisiones, no estamos hoy por encima de esos sociópatas adolescentes que filman los tormentos a que someten a sus vecinos o compañeros de colegio y cuelgan el video en internet. Ha habido verdadero placer en la exhibición, sin que ello contribuyera ni por un segundo a informar más. Se ha mostrado incluso al que se supone uno de los asesinos, en plena celebración, sin un solo comentario crítico ni un solo dato sobre el personaje ni sobre quien lo dirige. Me parece espantoso. Ésos no son mis semejantes. Tal vez sean los semejantes de Gadafi, pero ni así tenían el derecho de aniquilarlo de ese modo. Era un malvado, pero un hombre malvado.

Si nos quedamos callados ante este acontecimiento, nos veremos obligados a callar ante cualquier barbaridad. Incluidas las de los etarras.

La forma de esta muerte –y ni qué decir de los festejos consecuentes, que tanto evocan a los que siguieron al 11-S– me degrada, me ofende, me disminuye.

Y que conste que la impresión que me produjeron los sollozos del lehendakari López y las conmociones del candidato Rubalcaba fue tan dolorosa como la que me suscitó el rostro ensangrentado de Gadafi. Esos hombres tampoco están a la altura.