11 noviembre, 2011

El deporte de criticar a la Reserva Federal vuelve a estar de moda

Barry Neild, Londres (Reino Unido)

Son muchos los que piensan que los esfuerzos de los bancos centrales, como la Reserva Federal de Estados Unidos, por mantener los tipos de interés artificialmente bajos son contraproducentes. "¿Sirven para ayudar a los pequeños bolsillos o benefican a las élites?" es una de las preguntas más repetidas en los últimos meses. Unas dudas, y también unas críticas, que no son nuevas.

Acusar a las principales instituciones financieras de malignos complots para depreciar las divisas y derrocar a los gobiernos solía ser un dominio exclusivo. Tal vez un objetivo de locos obsesionados con cultos satánicos o con los grandes señores insidiosos. Pero ahora, estas prácticas se han generalizado.

Y no es de extrañar. En los tiempos que corren, con una economía mundial que se tambalea, legiones de desempleados y naciones enteras coquetean con la bancarrota, mientras una minoría rica continúa nadando en la abundancia, no hay que ser un ávido Dan Brown para sospechar que algo malo está sucediendo.

En este contexto, las opiniones, una vez consignadas a la minoría, están ganando a la corriente principal.

Algunos aspirantes a la presidencia republicana, como Ron Paul y Rick Perry, lideran las acusaciones, junto a la rápida evolución de la campaña “Ocupar Wall Street”, para reformar el sector bancario mundial.

Su principal objetivo es la Reserva Federal, el banco central de Estados Unidos, cuyos esfuerzos por mantener un alto empleo y una baja inflación, para muchos, acaban haciendo más daño que bien. Entre ellos están, por ejemplo, los que apuestan por la teoría pura de la economía de libre mercado.

Y es que, en su mundo perfecto, aspectos como las tipos de interés deben establecerse por el simple equilibrio de cuánto dinero están dispuestos a ahorrar, en comparación con la cantidad de gente que está dispuesta a pagar para pedir prestado.

Para ellos, los esfuerzos de los bancos centrales (como la Fed o el Banco de Inglaterra) por mantener el precio del dinero artificialmente bajo, haciendo variar la cantidad que prestan, son contraproducentes. Además, según creen, animan a la gente a pedir más dinero prestado, a la vez que ahorran menos.

La Fed, bajo el liderazgo de su presidente, Ben Bernanke, continúa jugando con el famoso Quantitative Easing, un controvertido programa de compra de bonos que crea de forma eficaz el dinero para fomentar los préstamos que, rápidamente, desató las iras del Gobernador de Texas, Rick Perry.

Su reacción se produjo en agosto, justo después del explosivo debate sobre la ampliación del techo límite de la deuda a 14.000 millones de dólares, cuando la Reserva Federal calentó motores para poner en marcha una posible tercera oleada de estímulos. Entonces, Perry estalló.

“Imprimir más dinero para jugar a la política en este momento particular de la historia de Estados Unidos es mucho más que peligroso, o traidor en mi opinión”, dijo. Asimismo, sugirió que las políticas de Bernanke le harían ganarse una recepción “desagradable” en el estado natal de Perry, Texas.

Pero cuando se trata de criticar el sistema central bancario, Perry está muy por detrás del congresista y compañero republicano Ron Paul, quien expuso sus puntos de vista en un libro de 2009 titulado inequívocamente “El final de la Fed”.

En él, estableció un mantra que continúa recitando hoy: “Nada bueno puede venir de la Reserva Federal. Es la mayor carga tributaria de todos ellos. Diluir el valor del dólar incrementando su circulación es un vicio, un impuesto siniestro para las clases media y baja”.

Paul se identifica con un grupo europeo de economistas del libre mercado de finales del siglo XIX conocido como la Escuela Austriaca, entre ellos Friedrich Hayek y Ludwig von Mises, cuya teoría de los ciclos económicos se opone a los principios planificados que contribuyeron a la creación de la Reserva Federal en 1913.

De acuerdo con Sam Bowman, jefe de investigación en el Instituto Adam Smith, un centro de pensamiento del libre mercado con sede en Londres, las diatribas populistas de Paul en el colapso del mercado inmobiliario de EEUU ha dado una nueva credibilidad a la antes marginal Escuela Austriaca.

“Más o menos, George Mason ha creado un departamento de economía muy interesante y bastante respetado que está hablando de esto de una manera que muchos académicos están escuchando”, dijo.

La otra razón es que, obviamente, Ron Paul y su movimiento político, que ha cobrado fuerza debido a la burbuja inmobiliaria, es intuitivamente más fácil de comprender que otras burbujas: la gente entiende el concepto de crédito barato y de inversión excesiva.

“Esta narración ha hecho que un montón de gente se pregunte cuál es la causa raíz de esto. El argumento de Ron Paul no es perfecto, pero ha logrado transmitir la teoría austriaca del ciclo económico de manera que la gente la encuentre interesante”.

Las críticas a la institución, las mismas de siempre

Perry y Paul no han sido los primeros que han puesto el grito en el cielo con las medidas de la Fed. Este deporte viene de muy atrás.

El presidente Woodrow Wilson, quien firmó su existencia después del pánico financiero a principios del siglo XX, habló después de “arruinar su país sin querer”, al depositar la deuda en un pequeño grupo de hombres dominantes”.

Comentarios como estos, y la demanda generalizada de que su existencia también debía ayudar a financiar la Primera Guerra Mundial, también han ayudado a alimentar las acusaciones más ácidas de que la Reserva Federal y sus homólogos en otros países están en deuda con titiriteros más potentes.

Algunos afirman que el Banco de Pagos Internacionales (BPI) con sede en Suiza, un organismo independiente dedicado a asegurar la estabilidad financiera de sus 58 países miembros, está dirigiendo a los bancos centrales para destruir deliberadamente las economías con el fin de llenar los bolsillos de una élite mundial.

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