04 septiembre, 2012

La diversidad requiere libertad

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En From Dawn to Decadence, Jacques Barzun mantenía que el separatismo era la “tendencia más fuerte” de finales del siglo XX. Proporcionaba muchos ejemplos de que “estaba dañada la mayor creación política de Occidente, el estado-nación”.
Entre otros ejemplos, Barzun citaba los esfuerzos por una mayor independencia de vascos, bretones y alsacianos de Francia; el deseo de independencia de Córcega; las guerras civiles de Irlanda del Norte, Argelia y Líbano; los vascos españoles luchando por separarse de España; la ruptura de Unión  Soviética en muchas partes más pequeñas y los problemas de Rusia con Chechenia; las batallas de Turquía e Iraq con los separatistas kurdos; los zapatistas rebeldes de México; las demandas periódicas de Quebec de liberarse de Canadá y las luchas étnicas y religiosas en los Balcanes. De hecho, podemos encontrar en todo el mundo evidencias de estados-nación hechos jirones y luchas de movimientos separatistas.

Barzun hace mención a “trazas de enfermedad” incluso en Estados Unidos: un pequeño grupo en Texas que quería recuperar el estado de república independiente y habla de Martha’s Vineyard secesionándose de Massachusetts y de Staten Island de Nueva York. Hemos sido testigos de la división de la nación en las últimas elecciones presidenciales, en las que los densos centros urbanos del Este se enfrentaron a las más amplias comunidades del oeste y el medio-oeste. Las elecciones subrayaron profundas diferencias políticas incompatibles sobre una amplia variedad de asuntos.
A pesar de que hay fuerzas que los contrarrestan, como la unidad alcanzada temporalmente durante tiempos de crisis y los esfuerzos de las entidades gubernamentales internacionales como la Unión Europea o las naciones Unidas, estos factores solo ocultan los trastornos subyacentes. La tendencia mucho más fuerte parece favorecer la localización política y la electrización del separatismo actual.
¿Cuáles podrían haber sido las fuerzas que animen esa tendencia? ¿Podría ser que, igual que la intervención pública en la economía causa malas asignaciones de recursos de capital, la intervención pública en otros aspectos sociales de la vida también cause fisuras políticas y cree relaciones antagónicas entre diversos grupos? ¿Crea la intervención pública en nuestras vidas una situación del tipo descrito por Auberon Herbert hace tiempo?
“Bajo una organización política mezclas todo, lo igual y lo desigual, y lo obligas a hablar y actuar a través del mismo representante”, observaba Herbert. Las consecuencias de esa mixtura antinatural eran evidentes para Herbert:
Es evidente que el hombre más desinteresado debe convertirse en intolerante si le ponemos en una posición en la que solo tenga la incómoda alternativa de comer o ser comido. Cortad la cuerda, dadnos completa libertad para discrepar entre nosotros y será posible de inmediato que un hombre tenga sus propias convicciones y aun así sea completamente tolerante con lo que diga o haga su vecino.
La política crea una situación en la que, en palabras de Logfellow, “el hombre debe ser o un yunque o un martillo”. Así que se crea una enorme maquinaria política para representar una amplia variedad de intereses y promover esos intereses a costa de los demás grupos.
Al crecer un estado-nación, esta mezcla de lo igual y lo desigual se hace cada vez más problemática. Se hace cada vez más difícil, si no imposible, reconciliar estas diferencias bajo el paraguas de un estado-nación. El estado-nación se convierte en un compuesto inestable de pluralidades incapaz de construir la mayoría satisfecha que forma el pegamento de los estados-nación. Es en este terreno inseguro donde prosperan las semillas del separatismo.
La idea de que el tamaño del gobierno tiene límites naturales que este no puede exceder sin desatar las fuerzas disolventes de la nación del separatismo es equivalente a la idea misesiana de que el socialismo es imposible.
La tradición misesiana ha sostenido desde hace tiempo que el socialismo es imposible. La incapacidad de un sistema socialista de calcular (o, en otras palabras, su incapacidad de determinar pérdidas y ganancias) lo hace incapaz de una producción básica. Incapaz de disponer racionalmente de los medios disponibles para alcanzar los fines deseados, una economía socialista pura (es decir, aquella en la que el gobierno posee los medios de producción) se disolvería en un completo caos.
Parte de la larga existencia de la antigua Unión Soviética y otros países socialistas puede explicarse por su capacidad de referenciar precios de mercado en todo el mundo. El experimento soviético también se mantuvo vivo por un próspero mercado negro. Paradójicamente, el socialismo solo podía existir como una sombra de la grandeza teórica fabulada por los propios socialistas, porque los mismos mercados que buscaban abolir seguían existiendo.
Murray Rothbard extendió la misma idea para aplicarla a la naturaleza de la competencia en los mercados la utilizó para demoler el mito de Un Gran Cártel. (Ver El hombre, la economía y el estado, de Murray Rothbard).
Un temor de muchos observadores que apoyan la legislación antitrust es que, sin estas restricciones, los mercados se acaban combinando en Un Gran Cártel, en el que una sola empresa poseyera todos los medios de producción de un producto concreto.
Pero, se preguntaba Rothbard, si en el libre mercado esa combinación se habría consumado voluntariamente pero solo se habría creado mediante la fuerza del gobierno (es decir, monopolios otorgados por el gobierno), entonces ¿por qué tenemos que asumir que son deseables esas combinaciones globales?
De hecho, como demostró Rothbard, si una empresa poseyera todos los medios de producción, estaría sujeta al mismo caos que una economía socialista. Su incapacidad de asignar racionalmente recursos le llevaría rápidamente a pérdidas.
Así que el libre mercado tiene su propio mecanismo para limitar el tamaño de cualquier empresa. Más poderosos que las caprichosas interpretaciones de la legislación antitrust, estos son los incentivos y límites reales.
La lección del mito de Un Gran Cártel es doble. Enseña que las fuerzas del mercado limitan el tamaño de una empresa y también enseña una importante lección acerca de la asignación de recursos, dándonos poderosas razones para no confiar en que los gobiernos desempeñen esta función. De hecho, la teoría demuestra la imposibilidad de una economía dirigida por el gobierno.
Parece probable que, igual que el gobierno no puede calcular respecto de los recursos económicos, no puede calcular en lo que se refiere a decidir los aspectos no económicos de la vida social. Las diferencias subyacentes entre las distintas poblaciones hacen irresoluble el problema: la gente siempre se verá obligada a apoyar políticas o hacer otras cosas que en otro caso no apoyarían o harían. Igual que una economía socialista como la de la antigua Unión Soviética tenía sus mercados negros y puntos de referencia en el mundo de las economías de mercado, también la gente coaccionada por un estado-nación tiene algunas libertades personales y agujeros que hacen soportable la vida bajo un estado-nación.
Aun así, al crecer el estado-nación, al presionar más sobre estas libertades personales y agujeros, también se hace más oscuro el futuro de la nación.
Muchos autores han investigado la idea de que el estado-nación está en un estado de decadencia, entre los más recientes está Martin van Creveld, en su The Rise and Decline of the State y en Soverign Individual, escrito junto a James Dale Davidson y Lord William Rees-Mogg. Ambos interpretarían los acontecimientos recientes, no como una señal de una creciente consolidación del estado, sino de su disolución. Por estas razones los libertarios de todo tipo deberían sentirse esperanzados, a pesar del reciente aumento en el poder y el gasto públicos, realizados con la esperanza de derrotar al terrorismo o reavivar la economía.
Este país sigue siendo increíblemente diverso en su aspecto político y su diversidad se reafirmará algún día a costa de las manos duras y homogeneizadoras del estado-nación. Así que en algún punto, tendría que producirse la comprensión de que la vía más segura hacia una sociedad pacífica y tolerante es ir hacia mayores libertades, hacia la “completa libertad” de la que escribía Herbert.

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