01 agosto, 2011

Los estigmas arrojadizos

BREIVIK

Por Eduardo Goligorsky

Los buenistas están de parabienes. El asesino de masas Anders Behring Breivik ha justificado sus actos aberrantes alegando que los ejecutó para combatir el multiculturalismo y el fundamentalismo islámico.

Ergo, ellos arrojan sobre todos quienes criticamos razonadamente el uno y el otro, el estigma que recae con justicia sobre el matarife noruego. Es una estratagema perversa, ideada para silenciar un debate indispensable. Ni Oriana Fallaci ni Giovanni Sartori comparten estigmas con Breivik.

Un arma de doble filo

La atribución de culpas por asociaciones o por analogías ocasionales ha sido siempre una de las armas favoritas de los macartistas de derecha e izquierda, pero tiene doble filo. Tomemos, por ejemplo, dos partidos políticos. Ambos ostentan en su denominación la palabra "socialista" y ambos dicen representar a los obreros de su país, en un caso, y a los trabajadores del suyo, en otro. Si nos guiáramos por las apariencias, ambos deberían estar emparentados. Sin embargo, a ningún estudioso serio se le ocurriría buscar afinidades entre el Partido Socialista Obrero Español y el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes, o Partido Nazi, aunque son casi homónimos. Tampoco a mí, que jamás he ocultado mis discrepancias con los nacionalistas, se me ocurriría arrojarles el estigma de una identificación con el pensamiento de Breivik, a pesar de que éste reivindicó la importancia de declararse nacionalista sin miedo:

La raíz de los problemas de Europa es la falta de autoconfianza cultural (nacionalismo). La mayoría de gente aún tiene miedo de las doctrinas políticas nacionalistas, pensando que si abrazamos otra vez estos principios aparecerán de repente nuevos Hitlers e iniciarán el Armagedón (...) El miedo irracional al nacionalismo nos está impidiendo evitar nuestro suicidio nacional/cultural mientras la invasión islámica avanza.

Un manifiesto plagiado

En verdad, el manifiesto del asesino Breivik tiene puntos de contacto, directos o indirectos, con otras corrientes de opinión que nuestra sociedad acepta como legítimas y que, en algunos casos, incluso llega a idealizar. Es el caso de otro manifiesto, el de Ted Kaczynski, conocido como el Unabomber, quien entre 1975 y 1995 envió 16 bombas a universidades y líneas aéreas, con un balance de 3 muertos y 23 heridos. Kaczynski puso como condición, para poner fin a su carrera terrorista, que el New York Times y el Washington Post publicaran su filípica titulada La sociedad industrial y su futuro, cuyo contenido podría ser suscrito, en gran parte, por los ecologistas, los antiglobalizadores y los "indignados".

Si bien es cierto que el Unabomber se ensaña con los izquierdistas, especifica que no se refiere a los socialistas del siglo XIX y comienzos del XX, sino a los actuales, que acatan el imperio de lo que para él es el mal supremo: la tecnología, con su corolario, la sociedad industrial. Dos abominaciones "que infligen grave daño al mundo natural", en consonancia con la filosofía de Los Verdes. Su texto es una apología del arcaico patriarcado. Descubierto en la cabaña remota donde vivía, sin electricidad ni agua corriente, fue condenado a cadena perpetua irredimible. Pero lo más revelador es que, según quienes han tenido la ocasión de comparar el manifiesto de Kaczynski con el del asesino Breivik, el segundo es prácticamente un plagio del primero, en el que se limita a reemplazar la palabra "izquierdista" por "multiculturalista". Aun así, quien intentara sacar una conclusión denigratoria mediante el entrecruzamiento de datos sobre Breivik, Kaczynski y los ecologistas, antiglobalizadores e "indignados", estaría arrojando estigmas con la misma mala fe con que proceden quienes asocian con Breivik a los adversarios del multiculturalismo y el fundamentalismo.

Las milicias armadas

Otro terrorista que la prensa rescató del olvido después de la matanza de Noruega fue Timothy McVeigh, quien el 19 de abril de 1995 hizo estallar una furgoneta cargada de explosivos frente al Edificio Federal Alfred P. Murrah de la ciudad de Oklahoma, que albergaba oficinas del FBI y una guardería para hijos de los empleados. Murieron 168 personas, incluidos 19 niños, y hubo 400 heridos. McVeigh fue detenido por un policía poco después de cometer el atentado y el 13 de junio de 1997 fue declarado culpable y condenado a muerte. Ya antes, el presidente Bill Clinton había causado revuelo entre los buenistas de aquella época al advertir que los fiscales pedirían la pena de muerte y al promover el endurecimiento de las leyes antiterroristas. McVeigh fue ejecutado mediante una inyección letal el 11 de junio del 2001. Su cómplice Terry Lynn Nichols, que no estuvo presente en el momento de la explosión, fue sentenciado a cadena perpetua por 160 cargos de homicidio.

El caso McVeigh también se prestó para el reparto de estigmas. Las milicias armadas, que son un fenómeno peculiar de Estados Unidos, con sus nutridos arsenales, sus uniformes, sus maniobras militares y sus discursos patrióticos, se pusieron en pie de guerra contra el Gobierno federal, al que acusaron de haber urdido un complot para prohibir el libre comercio de armas y despojar de sus poderes a los estados de la Unión. Cosa curiosa, quienes así argumentaban se convertían en los más acérrimos defensores de la Constitución de Estados Unidos, cuya Segunda Enmienda garantiza el derecho de todos los ciudadanos a poseer armas. Además, adelantándose en esto a los secesionistas catalanes, amenazaron con la objeción fiscal.

La bestia negra

Como de costumbre, la pseudoprogresía desempolvó el discurso libertario del que tanto provecho sacan los terroristas. Para Noam Chomsky y para el exquisito novelista Gore Vidal, Clinton se convirtió en la bestia negra cuyo único objetivo consistía en recortar las libertades civiles. El profesor James Q.Wilson, intervino en este debate desde la revista Time, que dedicó su portada del 1/5/1995 a la fotografía de Timothy McVeigh con el título: La cara del terror. Escribió el profesor Wilson:

Las normas de inteligencia que guiaban las operaciones del FBI no habrían impedido la infiltración en el grupo responsable del atentado terrorista si alguien se hubiera enterado de lo que estaban planeando. Pero el FBI ha sido sacudido tantas veces por presiones políticas antagónicas –"¡Detened el terrorismo!" "¡Proteged las libertades civiles!"– que quizá muchos de sus altos cargos han tenido una comprensible reacción burocrática: "¿Quién quiere líos? Ante una duda, desentenderse.

Pienso que el FBI ha impedido muchos atentados terroristas, incluso con bombas, porque se ha infiltrado en grupos que, a su juicio, podían cometer actos violentos. No puede jactarse de ello, porque si lo hiciera desvelaría sus métodos y alertaría a los implicados. No sé si ha impedido tantos como habría podido frustrar si sus miembros hubieran actuado con más entusiasmo que cautela en la tarea de inteligencia dirigida contra objetivos políticos delicados.

El terreno de los demagogos

Volvamos al asesino Breivik. Sus diatribas contra el multiculturalismo y el fundamentalismo islámico están tan impregnadas de irracionalidad como lo estaban las del Unabomber contra la sociedad industrial y la tecnología, y las de Timothy McVeigh contra el Gobierno federal de Estados Unidos. Y están tan alejadas de los razonamientos escrupulosamente fundamentados de Oriana Fallaci o Giovanni Sartori, como las fabulaciones del mago Rappel lo están de las elucubraciones del científico Stephen Hawking. Introducirlas, por tanto, en el debate, equivale a transladarlo a un terreno donde los demagogos y los enredadores juegan con ventaja para arrojar sus estigmas y descalificar a sus adversarios sin siquiera dejarles abrir la boca.

Leer a Sartori ayuda a salir de las tinieblas de los discursos racistas y xenófobos, tan ajenos a nuestra civilización como lo es su imagen invertida, el fundamentalismo islámico. Y nos ayuda a evadirnos también de la encerrona progre, obstinada, por ignorancia, fobia o frivolidad, en entregarnos desarmados a quienes no se recatan de presentarnos como sus enemigos seculares, los Cruzados. Escribe Sartori (La sociedad multiétnica, Taurus, 2001):

La ley coránica no reconoce los derechos del hombre (de la persona) como derechos individuales universales e inviolables; otro fundamento, añado, de la civilización liberal (...) El occidental no ve al islámico como un "infiel". Pero para el islámico el occidental sí lo es (...) La pregunta es: ¿hasta qué punto una tolerancia pluralista debe ceder no sólo ante "extranjeros culturales" sino también ante abiertos y agresivos "enemigos culturales"? En una palabra, ¿puede aceptar el pluralismo su propia quiebra, la ruptura de la comunidad pluralista? (...) El que una diversidad cada vez mayor y, por tanto, radical y radicalizante, sea por definición un "enriquecimiento" es una fórmula de perturbada superficialidad. Porque existe un punto a partir del cual el pluralismo no puede y no debe ir más allá; y mantengo que el criterio que gobierna la dfícil navegación que estoy narrando es el de la reciprocidad y una reciprocidad en la que el beneficiado (el que entra) corresponde al benefactor (el que acoge), reconociéndose como beneficiado, reconociéndose en deuda. Pluralismo es, sí, un vivir juntos en la diferencia y con diferencias; pero lo es, insisto, si hay contrapartidas. Entrar en una comunidad pluralista es, a la vez, un adquirir y un conceder. Los extranjeros que no están dispuestos a conceder nada a cambio de lo que obtienen, que se proponen permanecer como "extraños" en la comunidad en la que entran hasta el punto de negar, al menos en parte, sus principios mismos, son extranjeros que inevitablemente suscitan reacciones de rechazo, de miedo y de hostilidad.

Una lucha cultural anti-establishment

Sartori, buen conocedor del medio universitario norteamericano, donde se desempeña como profesor, explica por qué la versión dominante del multiculturalismo es antipluralista:

Sus orígenes intelectuales son marxistas. Antes de llegar a Estados Unidos y de americanizarse, el multiculturalismo arrancó de neomarxistas ingleses, a su vez fuertemente influidos por Foucalt; y se consolida en los colleges, en las universidades, con la introducción de "estudios culturales" cuyo enfoque se centra en la hegemonía y la "dominación" de una cultura sobre otras. También en América, pues, los teóricos del multiculturalismo son intelectuales de amplia formación marxista, que quizás en su subconsciente sustituyen la lucha de clases anticapitalista por una lucha cultural anti-establishment que les vuelve a galvanizar (...) Resulta así que los marxistas americanos llegan a un multiculturalismo que niega el pluralismo en todos los terrenos: tanto por su intolerancia, como porque rechaza el reconocimiento recíproco y hace prevalecer la separación sobre la integración (...) El proyecto multicultural sólo puede desembocar en un "sistema de tribus", en separaciones culturales desintegrantes, no integrantes.

Sólo a un arrojador profesional de estigmas se le puede escapar la diferencia abismal que separa la argumentación rigurosa de Giovanni Sartori, por un lado, del delirio paranoico del asesino Breivik, por otro. Y sólo a nuestro siempre desnortado José Luis Rodríguez Zapatero se le puede ocurrir, entre los últimos estertores de su desdichado ciclo, proponer, delante de un atónito primer ministro británico, la promulgación de una ley contra la xenofobia. Si dicha ley se aplicara a gusto de Zapatero y de su perenne aliado Recep Tayyip Erdogan, los primeros en ir a la cárcel serían precisamente David Cameron y su colega alemana Angela Merkel, quienes diagnosticaron, de manera rotunda y simultánea, la muerte de la falacia multicultural.

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