01 septiembre, 2011

La declinación autoimpuesta de EE.UU.

Por Malcolm Fraser

Diario Las Americas

MELBOURNE. – Si la amplia prosperidad posterior a la Segunda Guerra Mundial que se ha sostenido ya por seis décadas llega a su fin, tanto los Estados Unidos como Europa serán los responsables. Con raras excepciones, la política se ha convertido en una profesión desacreditada a lo largo de todo el Occidente. Siempre se trata al mañana como más importante que la próxima semana, y la próxima semana prevalece sobre el próximo año, y nadie busca garantizar el futuro a largo plazo. Ahora el Occidente está pagando el precio.

En este situación, los instintos del Presidente Barack Obama pueden ser la excepción, pero él está luchando en Estados Unidos contra fuerzas poderosas que se encuentran aferradas al pasado, así como contra un populismo demagógico, que se presenta bajo la figura del Tea Party, él cual es aún más radical; y, que podría derrotarlo en el año 2012, dañando gravemente a los EE.UU. en el proceso.

Los amigos de Estados Unidos alrededor del mundo miraron con consternación la reciente trifulca sobre la elevación del techo de la deuda del gobierno federal, y observaron la incapacidad del Congreso de EE.UU. para llegar a algo que pueda ser visto como un compromiso equilibrado y con visión de futuro. Por el contrario, el resultado representa una victoria importante para los lacayos del Tea Party, cuyo propósito parece ser la reducción de las obligaciones y gastos del gobierno a un mínimo estrictamente necesario (algunos incluso objetan la existencia de un banco central), y el mantenimiento de las escandalosas concesiones y ventajas impositivas dictadas por el presidente George W. Bush a favor de los ricos.

Los actuales problemas fiscales de Estados Unidos tienen sus raíces en un largo periodo de gasto sin financiación. Las guerras de Bush en Afganistán e Irak y la manera en que se condujo la “guerra global contra el terrorismo” empeoraron mucho más las cosas, contribuyendo a una situación totalmente insostenible. De hecho, Obama heredó un legado casi imposible de administrar.

En las semanas posteriores al acuerdo sobre el techo de la deuda, se ha visto cada vez más claramente que podría ser imposible tener una buena gobernanza en EE.UU. Los meses venideros, que se centrarán en la campaña por la Presidencia de EE.UU., se destinarán a las trifulcas mezquinas sobre lo que debe recortarse. El ejemplo de las últimas semanas no nos proporciona ninguna razón para ser optimistas y pensar que los legisladores de los EE.UU. actuarán por encima de la política partidista y se preguntaran qué es lo mejor para Estados Unidos.

En las actuales circunstancias, no es de extrañar que los mercados financieros hubiesen retornado a un estado de extrema volatilidad. Los recortes de gastos dispuestos como resultado del debate sobre el techo de la deuda reducirán la actividad económica; por consiguiente, se socavará el crecimiento y la reducción de la deuda se tornará en algo aún más difícil. Proporcionar más estímulos fiscales para impulsar el crecimiento económico conlleva sus propios riesgos, debido al techo de la deuda y a otro factor que es más fatídico: Estados Unidos está ya excesivamente endeudado, y hay indicios de que los titulares más importantes de los valores del gobierno de EE.UU. ya se cansaron de recibir sus pagos en una moneda depreciada.

Lo más importante es que el llamado que hace China para la introducción de una nueva moneda de reserva emerge de su frustración por el fracaso de los gobiernos grandes –ya sea en los EE.UU. o Europa– en cuanto a gobernar sus asuntos económicos con realismo y sentido común. China reconoce que Estados Unidos está en grandes dificultades (de hecho, China reconoce esta situación con mayor claridad que el propio EE.UU.), y que, dada la venenosa atmósfera política imperante en Washington, no habrá un fácil retorno a la buena gobernanza, a la estabilidad económica y al crecimiento

El liderazgo de Estados Unidos en asuntos mundiales comenzó a debilitarse con el unilateralismo de Bush, y los actuales problemas económicos refuerzan esta tendencia. Para invertir la declinación de Estados Unidos, Obama necesita el apoyo bipartidista a sus políticas (mismas que son bastante convencionales), pero hasta ahora el Congreso de EE.UU. no ha mostrado la valentía para llevar a cabo sus tareas legislativas dentro de un enfoque basado en principios.

Si los esfuerzos poco entusiastas de Alemania para estabilizar a Europa de alguna manera llegan a tener éxito, la posición de Estados Unidos se va a erosionar aún más, y los bancos centrales del mundo comenzarán una vez más a considerar al euro como una alternativa fiable al dólar como moneda de reserva. La alternativa, tal como lo ha sugerido China, sería desarrollar una nueva moneda de reserva.

Estas realidades constituyen un cambio de poder de un tipo que no hemos experimentado en nuestras vidas. El poder económico que tiene China sobre E.E.U.U. es ahora sustancial y limitará no sólo la influencia que tiene Estados Unidos en los mercados financieros, sino también su capacidad para utilizar el poder militar.

Si esto obliga a los Estados Unidos a retornar hacia lo que el profesor Joseph Nye llama “poder blando y diplomacia multilateral”, podría ocurrir algo bueno. Sin embargo, estos enfoques son un anatema para el Partido Republicano de EE.UU., y en particular para su facción denominada Tea Party, y ellos podrían intranquilizar a muchos asiáticos que están actualmente nerviosos por el creciente poderío militar de China.

El argumento contrario –que señala que si China liquida o deja de comprar los títulos del gobierno de EE.UU. dañaría en la misma proporción a la propia China y a Estados Unidos– no es válido. A medida que pasan los años, los mercados de China se expanden en todo el mundo, y su mercado interno llega a representar un mayor porcentaje de su propio PIB. Como resultado de ello, China no necesita un dólar fuerte en el largo plazo. Los estadounidenses necesitan poner en orden sus asuntos económicos en casa antes de que China pierda su incentivo para apoyar al dólar.

En varias ocasiones en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se ha dado cuenta de manera muy dolorosa que existen límites al uso efectivo del poder militar. No se pudieron lograr los objetivos estadounidenses en Vietnam. El resultado en Irak no podrá ser determinado hasta que las últimas tropas estadounidenses se retiren. En Afganistán, donde las fechas de retirada ya se han establecido, es difícil creer que se pueda establecer un estado unificado y coherente.

A medida que se reduce la eficacia del poder militar, crece la importancia del poder económico. El reconocimiento de estas realidades fundamentales –y su abordaje bipartidista– es de importancia crítica para el futuro de Estados Unidos, como también para él del Occidente.

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