18 octubre, 2011

Mestizo

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Llego a Inmigración con todos mis papeles y en actitud supersimpática dispuesto a pasar la prueba. La chica de la ventanilla, que sí lo es de verdad, me dice que todo está en regla menos un papel que debo rellenar allí mismo. Son los datos de siempre, lugar y fecha de nacimiento, etc. De pronto llego a una casilla que pone "Raza". No quiero fallar y le pregunto:

- Aquí, ¿qué pongo? ¿blanca?

-"Noo, mestizo", me responde.

Ante mi perplejidad me explica: "Blanca es para güeritos de ojos azules..."

Los trámites avanzan y hasta he encontrado un apartamento en una calle y una esquina con nombres fáciles de decir. No me veía llegando a casa por la noche y balbuceándole al taxista grupos silábicos prehispánicos impronunciables para mí.

Para completar la instalación debo hacerme de un equipo de fútbol mexicano. Me hablan bien del Chivas de Guadalajara, le dicen el "rebaño sagrado", todos los jugadores son mexicanos y van de rojiblanco, un dato que podría ser clave. También de los Pumas, el "equipo felino" de la UNAM. Y si de verdad lo que quiero es sufrir me recomiendan el Atlas. Visten de rojinegro y no ganan la Liga desde hace medio siglo. Sin embargo, creo que ahora que soy mestizo merezco otra oportunidad.

Para no decidir de oídas me voy a ver el Pumas-América, partido de máxima rivalidad adelantado al sábado para evitar riesgos al ser el domingo, 2 de octubre, aniversario de la matanza de estudiantes de Tlatelolco en 1968. En el Ciudad Universitaria, el Estadio Olímpico del DF, hay un gran despliegue policial. Paso por un pasillo de agentes, me cachean, me registran la mochila y me piden que entregue el cinturón a unas chicas del fondo. Muestro mi extrañeza y el policía me explica que puede ser "lanzado como arma". Me quedo con la mochila, entrego el cinturón y por 10 pesos me dan un papelito con un número.

Entro al estadio y de pronto me doy cuenta de que estoy en plena porra (hinchada) de los Pumas, una multitud de chicos y chicas incansables en el apoyo a su equipo. Ellos son el espectáculo y no el partido, que ganan los felinos por 1-0 con un gol que metió con el muslo un tal Fuentes.

A la salida voy a recuperar mi cinturón. Las chicas tienen casi un millar de cintos, la mayoría negros como el mío, en gigantescas bolsas de basura. Pesimista empiezo a pensar que me van a dar las tantas hasta que lo encuentren y que al fin y al cabo mi cinturón era una birria. Sin embargo, al rato y con una facilidad pasmosa, una de las chicas saca un racimo de cinturones y dice "aquí está". Me marcho agradecido y fascinado por la eficacia de la economía informal, que emplea a más del 60% de la mano de obra mexicana, y por las ganas de progresar, si tuvieran una oportunidad, de millones de personas.

Los días son largos. La combinación de los horarios de España y México, con sus siete horas de diferencia, estira las jornadas. Almuerzo con Josefina Vázquez Mota, precandidata del partido del Gobierno, Acción Nacional (PAN) a la presidencia de México en las elecciones de julio de 2012. Diputada y exsecretaria de Educación con Calderón, parece determinada a pelear hasta el final. De momento las encuestas le sitúan muy por delante de sus rivales dentro del partido. Mucho más difícil será superar al PRI cuando empiece la campaña de verdad.

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"Quiero ser la inevitable", dice con humor. Esboza su programa: "No daré tregua al crimen. Quiero un Estado fuerte, no autoritario, que garantice la igualdad ante la ley..." Pero su baza y lo sabe es su condición de mujer: la posibilidad de ser la primera presidenta de México.

Hace unos años escribió un libro de autoayuda titulado Dios Mío, hazme viuda. Vendió 600.000 ejemplares. Si conecta de nuevo con la sociedad y logra llegar a Los Pinos se unirá a Dilma Rousseff en Brasil y Cristina Fernández en Argentina. Los tres gigantes de América latina, más de 300 millones de personas, estarían entonces gobernados por mujeres.

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