03 noviembre, 2011

Nicaragua hacia el desastre

 
 

Miembros de la juventud sandinsta marchan en Managua en apoyo a la reelección del presidente Daniel Ortega, el 28 de octubre. Las elecciones en Nicaragua tienen lugar el domingo.
Miembros de la juventud sandinsta marchan en Managua en apoyo a la reelección del presidente Daniel Ortega, el 28 de octubre. Las elecciones en Nicaragua tienen lugar el domingo.
Esteban Felix / AP
La semana pasada, al difundirse por todo el mundo la noticia de que el excéntrico y homicida Moammar Kadafi había muerto, las reacciones fueron desde un alivio discreto hasta una alegría ruidosa, excepto en Nicaragua, donde el presidente Daniel Ortega y su partido sandinista lamentaron la muerte de un viejo amigo.
“Esto forma parte del plan de Estados Unidos de dominación total”, exclamó Miguel D’Escoto, el principal asesor de Ortega. “Estados Unidos dice que esta es una guerra contra el terrorismo, pero ellos son el mayor refugio de terroristas del mundo.. Estamos viviendo en una época muy triste”.


Las palabras de D’Escoto –que aparecieron en un artículo en un nuevo y excelente sitio web periodístico, NicaraguaDispatch.com, que ha llenado el vacío informativo que ha dejado la retirada de los periódicos norteamericanos de Centroamérica– deben ser escuchadas por los vecinos de Nicaragua y por su creciente comunidad de inversionistas extranjeros. Robando una frase de William Faulkner, el pasado de los sandinistas no está muerto, ni siquiera es pasado.
Según la opinión diplomática y académica convencional, el Partido Sandinista –el azote de América Central cuando gobernó Nicaragua en la década de 1980, llevando la subversión a sus vecinos y lanzando su propia economía a un pozo marxista tan profundo que hasta la Unión Soviética se alejó– se ha dividido en una colección de socialdemócratas sonrientes.
Pero si Ortega gana la reelección el 6 de noviembre, es probable que los nicaragüenses se encuentren en una jaula con un gato que ha virado la caja de los desechos. Los sandinistas, cuando regresaron al poder en 2007 por la vía de las urnas, tras 17 años de exilio, se movieron con cautela, evitando las expropiaciones en masa y los encarcelamientos que llevaron a su gobierno, iniciado en 1979, a una guerra civil y a la confrontación con Estados Unidos.
Sin embargo, calladamente han puesto un lazo totalitario alrededor del cuello de Nicaragua. Ortega ha gobernado esencialmente por decreto en estos años, pasando por encima del Congreso controlado por la oposición con edictos aprobados por el tribunal supremo dominado por los sandinistas. Entretanto, Ortega ha ampliado su poder institucional robándose flagrantemente las elecciones locales –hasta 50 alcaldías en 2008, según Ética y Transparencia, un grupo nicaragüense independiente de vigilancia electoral– y utilizando al Consejo Supremo Electoral, controlado por los sandinistas, para ratificar los resultados.
La arrogancia con la que los sandinistas ejercen el poder está ejemplificada por la aspiración de Ortega a la reelección. La Constitución nicaragüense prohíbe específicamente que los titulares sean reelectos. Cuando Ortega no logró que el Congreso cambiara la medida, su tribunal supremo falló servicialmente que Nicaragua no está gobernada por su Constitución sino por la Declaración de los Derechos del Hombre, escrita por revolucionarios franceses un cuarto de siglo antes de que Nicaragua fuera un país.
Si Ortega gana el 6 de noviembre y gana también el control del Congreso de Nicaragua, no habrá más necesidad de gimnasia legal. Rápidamente convocará una convención constituyente y la usará para borrar los últimos vestigios de oposición. Entonces estará libre para llevar a cabo el tipo de política interior y exterior que se puede esperar de un político que ha recibido cientos de millones de dólares de Kadafi y del iraní Mahmoud Ahmadinejad (¿Holocausto? ¿Qué Holocausto?), y miles de millones del presidente venezolano Hugo Chávez.
Ortega, lamentablemente, quizá no tendrá que engañar mucho para ganar, porque sus opositores le están facilitando las cosas. Cuando los partidos antisandinistas de Nicaragua se unen en torno a un solo candidato, como hicieron en 1990, 1996 y 2001, ganan fácilmente. Pero cuando se dividen, como hicieron en 2006, las peculiares leyes electorales del país –que no requieren una segunda votación si el candidato ganador en la primera ronda tiene por lo menos el 35 por ciento de los votos– les abren la puerta a los sandinistas.
Los partidos de oposición se han dividido nuevamente este año. Fabio Gadea, una popular personalidad de la radio, y el ex presidente Arnoldo Alemán, que aún tiene muchos seguidores a pesar de la corrupción que floreció durante su gobierno, de 1997 a 2002, rehúsan formar una alianza.
Sus diferencias no son ideológicas. "Nuestro problema en Nicaragua siempre ha sido que tenemos demasiados políticos que aman demasiado el dinero", observa el ex congresista Adolfo Calero. Veamos cuánto les queda cuando Ortega resurja y acabe con ellos.

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