América Latina: Cómo exterminar la corrupción policial
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En un mundo utópico, América Latina dispondría de recursos económicos infinitos con los que diagnosticar y remediar la corrupción policial que afecta a tantos países de la región. Sin embargo, a raíz de restricciones presupuestarias, el tratamiento de este mal debe circunscribirse a los recursos económicos disponibles.
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Tres son las medidas básicas que deberán adoptar los países latinoamericanos contra la corrupción: apartar de su cargo a los funcionarios culpables de la cúpula policial, montar un mecanismo que controle el desempeño de los funcionarios inocentes y de los agentes incorporados en reemplazo de los culpables, y aumentar la remuneración de la totalidad del personal policial. De analizarse algunos ejemplos de intentos fallidos y parcialmente exitosos por exterminar la corrupción en México y Perú, es posible comenzar a justificar la necesidad de emprender estas tres acciones fundamentales.
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Un problema no contemplado por las reformas policiales es la intimidación que sufren los agentes policiales y sus familias por parte de las organizaciones de narcotráfico. Si bien es preciso defender a los agentes ante estas amenazas, la seguridad de cada agente depende de la seguridad del país en su conjunto.
La corrupción infecta a
las fuerzas policiales en casi la totalidad del hemisferio: enquistado
en el continente americano, este mal se extiende desde las más altas
cúpulas policiales hasta las dependencias policiales más humildes. Dado
que tal vicio policial poco tiene de nuevo en América Latina, se han
realizado ya varios intentos por rectificar a la fuerza protectora de la
sociedad. En un mundo utópico, curar definitivamente la corrupción
policial significaría evaluar con detenimiento a cada agente, contratar a
conciencia a los reemplazantes de aquellos agentes corruptos,
incrementar con juicio la remuneración policial, asegurar mejor a los
agentes y sus familias, organizar eventos que fomenten el espíritu de
equipo, brindar suficiente capacitación, controlar el desempeño policial
e imponer penas más severas a aquellos agentes culpables de corrupción.
En términos realistas,
los países latinoamericanos no disponen de los recursos necesarios para
poner en marcha estas medidas, pero a pesar de restricciones,
dimensiones y contratiempos, sanar la corrupción policial no constituye
un problema sin solución. Al contrario, echar mano de los recursos ya
disponibles y establecer un firme liderazgo pueden ser algunos de los
primeros procedimientos aplicables en América Latina con el objeto de
extirpar el tumor de la corrupción.
Son tres las medidas
básicas que reducirán la corrupción policial a largo plazo. Dos de las
prácticas recetadas estriban en conformar un selecto grupo de agentes
honestos, separados con criterio de sus antecesores corruptos, e
instaurar un sistema de rendición de cuentas para el personal restante.
La tercera acción consiste en desalentar la aceptación de sobornos
menores a nivel local mediante el aumento de la remuneración policial y
el despido de agentes culpables de corrupción. Tales medidas pueden
ponerse en marcha con escasos recursos y con la férrea voluntad política
de encarrilar la conducta de la nueva fuerza policial.
Con la mirada en la cúpula
En su campaña contra la
corrupción, los Gobiernos latinoamericanos entienden que el saneamiento
debe comenzar por la cúpula policial. Si bien la corrupción resulta
endémica en toda la fuerza, en razón de las limitaciones
gubernamentales, concentrarse en la cúpula policial supone una
utilización eficaz de los recursos disponibles. Tal medida, sin embargo,
por sí sola es insuficiente.
Ollanta Humala, el
presidente de Perú, hace poco efectuó una purga semejante. En octubre,
Humala ordenó el retiro de 30 de los 45 generales de la Policía Nacional
de Perú. Algunos de los funcionarios fueron apartados de su cargo por
edad avanzada, pero la mayoría de los agentes fueron apartados de su
cargo con el objetivo de contrarrestar la corrupción pública peruana
enderezando el rumbo de su fuerza policial. El Ministro del Interior de
Perú, Óscar Valdés Dancuart, declaró que, debido a las restricciones
presupuestarias, “[e]sto va a ser muy saludable para la Policía”. [1]
Concentrarse en la
cúpula policial resulta más eficaz que recurrir a depuraciones masivas
que, como ha quedado demostrado, en su mayoría no surten efecto en
países latinoamericanos que procuran mantener fuerzas policiales
profesionales a largo plazo. Tal demostración consta en que, desde la
asunción en 2006 del presidente de México, Felipe Calderón, se han
despedido a agentes policiales en una serie de depuraciones masivas: en
2007, 284 funcionarios de la cúpula policial fueron apartados de la
fuerza [2]; en noviembre de 2009, todos los 1.142 agentes de tráfico de
Monterrey fueron depuestos del cargo [3]; en agosto de 2010, fue
ordenado el despido de 3.200 funcionarios, alrededor del 10% de la
fuerza policial federal [4]; y en octubre de 2011, 1.000 agentes de la
Policía Estatal fueron dados de baja [5]. No obstante, tomadas en
conjunto, estas depuraciones han logrado un éxito sorprendentemente
pequeño. John Bailey, profesor en la Universidad of Georgetown, explica
que la fuerza policial en México aún atrae a hombres y mujeres por sus
incentivos: a los aspirantes les interesa más la posibilidad de
acrecentar sus ingresos (a menudo de manera ilegal) que servir a la
comunidad. Según Bailey, los incentivos y la inexistencia de control
alguno, ya sea interno o externo, conjuntamente engendran esta
corrupción endémica. [6] Cuando se depura a la fuerza policial de modo
tan abarcativo y no se reponen agentes con celeridad, el mantenimiento
del orden público corre el riesgo de desmoronarse. A causa de la gran
cantidad de puestos renovados, se dificulta controlar a todos los nuevos
reclutas, que cumplen los requisitos de poseer antecedentes intachables
y el ánimo de servir a la comunidad.
Las depuraciones masivas
no sólo resultan crónicamente ineficaces, sino también agravan el
desgobierno nacional. Bailey añade que las bajas colectivas de la fuerza
policial azuzan la criminalidad en vez de apaciguarla. [7] Zulia
Orozco, investigadora en el Instituto para la Seguridad y la Democracia,
expresa la misma preocupación que Bailey: “¿Qué se va a hacer con los
policías que no pasan [los detectores de mentiras]? Podrían terminar en
la calle sin empleo y podrían ser reclutados por el crimen organizado.”
[8] De ello se desprende que, al despedir a agentes que probablemente
sean captados por organizaciones de narcotráfico, el Gobierno no hace
otra cosa que multiplicar los índices nacionales de criminalidad.
En vez de depurar a la
fuerza policial masivamente, tanto México como otros países
latinoamericanos deberían priorizar el alistamiento de los funcionarios
que integrarán la cúpula policial, lo cual permitirá a los Gobiernos con
escasos recursos actuar de manera más rigurosa y crítica en la
evaluación de personal policial de mayor jerarquía. En caso de deponerse
del cargo a funcionarios de mayor categoría, deberá procederse con
meticulosidad y un criterio justo, de modo que los despidos sean
considerados legítimos tanto en las filas policiales como en todo el
país. Por ejemplo, en 2001, respecto del encargo del Ministerio del
Interior de Perú de emprender reformas de la estructura policial, la
Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional manifestó
que los agentes policiales de bajo rango apoyaron la reforma, pero
aquellos de alto rango con intereses personales en el statu quo
se opusieron al proyecto. [9] Los funcionarios corruptos de mayor
jerarquía deben ser apartados de su puesto antes de que se efectúe la
depuración. Aunque Humala hizo bien en apuntar a un reducido grupo de
funcionarios policiales, se criticó al presidente de Perú por haberse
precipitado en procesar a los imputados de corrupción sin haberles
ofrecido el patrocinio letrado correspondiente. Como era de esperarse,
al menos uno de los generales despedidos denunció falsa acusación. [10]
Concentrarse en la
cúpula policial supone también una segunda ventaja: los investigadores
pueden dedicar más tiempo y esmero a cubrir cada cargo. Nada
resolveremos con el despido de agentes culpables de corrupción si sus
cargos no son ocupados por reemplazantes inmunes a la corrupción. Al
haber menos cargos sujetos a renovación, pueden aplicarse pautas
estratégicas más rigurosas. O bien, otra posibilidad radica en que los
cargos de los agentes despedidos sean asignados a los agentes restantes
que hayan demostrado su idoneidad. Por ejemplo, en la Policía Nacional
de Perú, Humala redujo la cantidad de generales de 57 a 27 y dispuso que
estos 30 cargos quedaran permanentemente vacantes. [11] Así, al
estructurar una jerarquía policial más piramidal con menos cargos en el
ápice de la pirámide, el Presidente de Perú apuntaló el poder de sus
generales. [12] Si bien es todavía muy pronto para saber si las reformas
peruanas hacen mella en la corrupción, es posible que centrarse en la
cúpula policial y robustecer su autoridad constituyan opciones viables
tanto en Perú como otros países latinoamericanos. Dicho esto, es posible
que combinar numerosas funciones, más allá de afianzar el mando honesto
de la cúpula policial, entrañe concentrar demasiado poder en manos de
muy pocas personas, lo cual podría resultar tan peligroso como la
situación de la que se procura escapar.
La vigilancia tras la depuración
Urge controlar con
efectividad a la fuerza policial mediante un organismo policial
independiente, de modo que los agentes entrantes no cometan los mismos
errores que aquellos salientes. Por lógica, la responsabilidad de este
control recaería en el Ministerio del Interior de cada país o en algún
otro ente regulador debidamente autorizado. Por ejemplo, durante 2001,
en Perú se empleó el Ministerio del Interior, representado por la
Comisión de Reestructuración y Modernización de la Policía Nacional del
Perú, a fin de supervisar y mejorar a la fuerza policial. [13] En 2001,
este proyecto se vio frustrado por funcionarios de la cúpula policial
que se oponían tenazmente a la iniciativa, pero aquellos funcionarios,
en teoría, ya se encuentran expulsados de la fuerza policial en la
actualidad. Por consiguiente, es el momento perfecto para que Humala
pueda modernizar la imagen del Ministerio del Interior, publicitar su
empeño en mejorar a la fuerza policial y seguir avanzando sin dejar de
vigilar a los nuevos funcionarios de la cúpula policial. Así es más
probable que los agentes restantes acaten las directivas del proceso,
pues los generales de la Policía Nacional de Perú que conservan sus
cargos, según se estima, no son otros que aquellos que no formaban parte
del statu quo de la corrupción.
Aumentar la remuneración policial
Como tercer medicamento
contra esta dolencia se prescribe el análisis pormenorizado de los
sobornos menores que reciben los agentes policiales a nivel local. En
abril de 2011, el Departamento de Estado de EE. UU. publicó un informe
donde pone de relieve que es el escaso salario en Perú la causa
principal de esta clase de corrupción. De acuerdo con el informe, los
agentes policiales peruanos tienen la voluntad de servir a la comunidad,
pero carecen de la capacitación y el equipamiento necesarios. Al ser el
estado de ánimo pésimo, la remuneración bajísima y la corrupción
incontenible, se encuentra profundamente enraizado en la población un
mal concepto de la fuerza policial en general. Se han registrado casos
de cohecho donde agentes policiales no sólo aceptan con gusto dádivas de
soborno, sino también solicitan estas coimas a fin de complementar su
salario. [14]
A la vista de su
remuneración, no es de extrañar que los agentes policiales acepten
sobornos por necesidad, una circunstancia que se reproduce en toda
América Latina. Un excelente ejemplo es México, donde la retribución
percibida es extremadamente baja y el arraigo de “la mordita” constituye
el reconocimiento implícito de la venalidad nacional. En términos
específicos, la remuneración anual promedio de un agente policial en
México ronda los 8.040 dólares, lo cual no es óbice de que algunos
agentes ganen tan sólo 3.144 dólares. [15] En ambos casos, la suma
resulta notablemente inferior al ingreso per cápita en México de 9.812
dólares. [16] Los agentes procuran complementar estos míseros salarios
por necesidad. Asimismo, conforme a un estudio del Comité de Seguridad
Pública del Senado de EE. UU., los funcionarios estatales y municipales
en México pueden ganar hasta 7.000 pesos (517 dólares) al mes, lo cual
casi duplica su salario, si se involucran en operaciones ilícitas con
grupos delictivos. Es decir, el funcionario mal pago puede multiplicar
sus ingresos simplemente haciendo la vista gorda. [17]
Es esencial que los
Gobiernos latinoamericanos eleven la remuneración policial, de modo que
cada agente pueda defenderse a sí mismo y a su familia por la vía legal.
Tal medida contribuiría al aniquilamiento de la corrupción de aquellos
agentes con ánimo de servir a la comunidad, pero sin ingresos para
sustentar a su familia. No toda la corrupción se erradicará mediante un
aumento remunerativo, pues la codicia es un vicio enterrado
profundamente en la psiquis humana, pero mientras los agentes corruptos
sigan actuando con impunidad, elevar la remuneración de la fuerza
policial a fin de amputar la corrupción por sobornos menores es
ciertamente un buen comienzo.
Las organizaciones de narcotráfico: la dolencia irremediable
Resta abordar la
situación en que los agentes policiales, por miedo a ser heridos o
asesinados, cometen actos deshonestos de manera anticipada.
Independientemente del salario policial, si los agentes o sus familias
corren peligro, no cuesta entender el motivo de su comportamiento. Por
ejemplo, es habitual que los agentes policiales en México reciban las
opciones de “plata o plomo”: o aceptan el soborno o aceptan la muerte.
[18] Tal problema prolifera en gran parte de América Latina y aún
permanece sin solución.
Comenzando a exterminar la corrupción
En razón de los escasos
recursos y la penetrante corrupción policial en América Latina, cada
gobierno de la región debe idear una estrategia adaptada específicamente
a sus necesidades y capacidades. Aleccionador resulta el efecto de las
medidas contra la corrupción policial implementadas en México y Perú,
aleccionador sobre todo para las autoridades políticas del hemisferio
que procuren consolidar la integridad de los funcionarios de su cúpula
policial. Las acciones que cada gobierno puede emprender incluyen la
evaluación minuciosa del desempeño de los funcionarios de mayor
jerarquía en la fuerza policial, el reemplazo a conciencia de aquellos
culpables de corrupción, la instalación de un sistema por el que los
funcionarios de alto rango sean controlados por un organismo
independiente y el aumento de la remuneración policial: todo ello con el
objetivo de que los agentes policiales no se vean obligados al cohecho
por necesidad. Tales medidas exigen recursos y el inexorable compromiso
político de las autoridades nacionales. Bien entendido que así no se
podrá exterminar la corrupción en su totalidad, con estas tres medidas
empieza a vislumbrarse cómo proceder en el exterminio de la corrupción
en América Latina.
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