19 marzo, 2013

El beso del persa

Ahmadineyad y Chávez 

Arribado a Caracas para despedir a su amigo y aliado venezolano, el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, hizo toda una exhibición: besó el féretro, se llevó la mano al corazón, se sentó en una silla, sacó un pañuelo y se lo llevó a los ojos. "No cabe duda de que Chávez resucitará junto con Jesús y el Impecable", había afirmado antes, aludiendo al Mahdí del chiísmo. Entonces Chávez "contribuirá a establecer la paz, la justicia y la bondad". Su Gobierno decretó un día de duelo nacional en Irán por su fallecimiento.


Delegaciones de 54 países y 33 mandatarios asistieron al funeral de Hugo Chávez. A medida que se acercaban a dar el saludo final, todos fueron aplaudidos. "Pero Ahmadineyad fue el más ovacionado, con casi todos los asistentes de pie", reportó el diario La Nación. En Teherán, mientras tanto, Ahmadineyad estaba siendo cuestionado. Varios clérigos acusaron al presidente de sacrilegio, pues el asunto del retorno de las almas y el Mahdí rara vez es discutido en público, aun entre las autoridades sacerdotales chiitas más autorizadas. "¿Quién eres tú para decir esas cosas?", le espetó el conocido clérigo Hoyatoleslam Gharati Mohsen en un discurso reproducido en medios locales. "Esto demuestra a dónde puede llegar una persona cuando ha abandonado la religión y el libro de Dios".
De todos los líderes latinoamericanos, Hugo Chávez ha sido el mejor anfitrión de los iraníes. Fue él quién abrió las puertas de América Latina al régimen de los ayatolás y a Hezbolá, dando una pátina de legitimidad política a una tiranía atroz y a un grupo terrorista peligroso. Chávez viajó trece veces a Teherán, y su contraparte le correspondió con media docena de visitas a Caracas. Su amistad era mística. En 2009 Ahmadinejad llevó a Chávez a la ciudad santa de Mashhad y lo hizo ingresar al santuario del imán Reza, normalmente vedado a los no musulmanes.
Salvo por su pertenencia a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), Irán y Venezuela no tienen mucho en común; geográfica, religiosa o culturalmente hablando. Pero desde el ascenso de Chávez y Ahmadinejad al poder, forjaron una alianza estrechísima que se ha traducido en un comercio bilateral multimillonario. En 2004 el volumen de negocios entre ambos países apenas rozó el millón de dólares; cinco años después, sólo el valor de los emprendimientos y proyectos de firmas iraníes en el país americano rondaba los 4.000 millones de dólares.
Comparten unos setenta acuerdos de tipo joint-venture por un monto de unos 17.000 millones de dólares. Hay un vuelo Teherán-Caracas... que no es comercialmente rentable, no admite pasajeros comunes y no está sujeto al control aduanero regular. Algunas universidades venezolanas enseñan farsi. Hay fábricas iraníes en remotas zonas rurales venezolanas, custodiadas exclusivamente por iraníes. Supuestamente dedicadas a la producción de bicicletas y tractores, fueron ubicadas en regiones ricas en materias primas tan sensibles como el uranio. Chávez, ha de recordarse, fue premiado por Ahmadineyad por apoyar su programa nuclear.
En mayo del 2011, el diario alemán Die Welt informó de que Irán estaba construyendo lanzaderas de cohetes en la Península de Paraguaná; ese mismo día The Arab Times reportó que ciudadanos de Kuwait, Bahréin y Arabia Saudita estaban siendo entrenados en Venezuela en el armado de bombas, la comisión de asesinatos y secuestros y el transporte de rehenes por integrantes de la Guardia Revolucionaria iraní. En el 2010, líderes de Hamás, Hezbolá y la Yihad Islámica Palestina se reunieron con Hugo Chávez en dependencias de la inteligencia militar venezolana en Caracas. La isla Margarita, otrora paraíso turístico, se ha convertido en zona de entrenamiento de operativos islamistas.
En 2008 Washington definió al diplomático venezolano apostado en Damasco y Beirut Ghazi Nasr al Din como agente de Hezbolá, en tanto que Nauaf Musaui, director de relaciones internacionales de Hezbolá, participó ese mismo año en al menos un evento celebrado en la embajada venezolana en Beirut en conmemoración del fracaso del golpe de estado contra Chávez. Éste, por su parte, fue el primer líder mundial en felicitar a Ahmadineyad por su victoria electoral de 2009, la cual fue considerada fraudulenta por gran parte de la población iraní y la familia de las naciones. Un simpatizante de Hezbolá de ascendencia siria, Tarek el Aisami, fue el responsable de la agencia de pasaportes venezolana, ministro de Justicia e Interior y vicecanciller chavista; su padre ha alabado públicamente a Sadam Husein y a Osama ben Laden, y su hermano ha estado asociado en el negocio de la droga a Walid Makled, un traficante sirio-venezolano.
El pasado enero Tahmasb Mazaheri, expresidente del Banco Central de Irán, fue detenido en el aeropuerto de Dusseldorf (Alemania), procedente de Turquía, con un cheque de un banco estatal venezolano por un monto de 70 millones de dólares (300 millones de bolívares) que no había declarado. El señor Mazaheri es además uno de los directores del Banco Internacional de Desarrollo (BID), institución financiera iraní asentada en Caracas, que es a su vez filial del Export Development Bank of Iran (EDBI). Ambas entidades están sancionadas por el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos por su rol en el apoyo financiero al Ministerio de Defensa de Irán.
Estos son apenas unos pocos ejemplos de la interrelación poco santa entre Venezuela e Irán. Pero son suficientes para ofrecer una idea de la magnitud que ha alcanzado este vínculo, cimentado durante años de cooperación económica, camaradería política y fraternidad ideológica. Es natural que el líder persa haya llorado ante el cadáver de Hugo Chávez.

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