11 julio, 2008

¿Qué pasará con el dólar?

Por Luciano F. Reni B
Analítica

El 4 de enero de 1999, la Unión Europea introdujo oficialmente el euro. Su tasa inicial de cambio fue fijada en 0,8466 unidades por dólar norteamericano. No obstante, a partir de ese momento, al cabo de un lapso inferior a dos años, la moneda europea se depreció progresivamente hasta alcanzar, el 25/10/2000, una tasa de 1.21 euros/USD, es decir, apenas el 70% del valor correspondiente al de su emisión inicial.

Desde entonces, haciendo abstracción de las inversiones circunstanciales, temporales, de tendencia, observadas a lo largo de los últimos ocho años, se ha verificado una apreciación sostenida de la divisa europea, en detrimento de la de EE.UU., hasta alcanzar una tasa de cambio cercana a 1,60 USD/euro. Ello equivale a una reevaluación de 93% ocurrida durante el referido período. Por otro lado, aún si nos referimos a la tasa de cambio fijada en 1999, fecha de su primera emisión, su apreciación a esta fecha se aproxima al 34%.

Otro dato interesante que cabe destacar, se relaciona con la reducción experimentada por la divisa norteamericana como moneda de reserva de los bancos centrales del mundo entero. No obstante, ella sigue siendo la mayormente utilizada, lo cual demuestra claramente el justo reconocimiento que se le sigue otorgando a los EE.UU., como primera potencia económica del planeta. A pesar de ello, no deja de ser factor de preocupación, en los círculos financieros de los cinco continentes, que su participación en el total de las reservas internacionales haya pasado, en el transcurso de los últimos 10 años, de un 70% aproximadamente a poco más del 60%.

A este punto, cabe preguntarse cuál será, a mediano y largo plazo, el futuro de la divisa del gigante del norte. Nosotros pensamos que la respuesta, en un sentido u otro, no resulta fácil ni mucho menos obvia como muchos piensan. Por un lado, preocupa de manera creciente la acumulación de sus enormes desequilibrios comerciales, sin precedentes, así como de sus déficits fiscales cuantiosos, cuyos promedios superan los USD 700 mil millones por año y 5% del PIB respectivamente. Todo ello, en presencia de una economía incierta, de tendencia recesiva, con características peligrosamente inflacionarias y, por ende, de un sistema financiero debilitado, no deja de constituir una clara amenaza a la estabilidad del dólar a mediano e incluso a largo plazo, aún después de haber superado, eventualmente hacia fines del próximo semestre, la crisis que azota al país desde el cuarto trimestre del año pasado. Con base a esta constatación, aún reconociendo que la divisa norteamericana pudo haber sido víctima de una depreciación excesivamente acelerada en los últimos meses, producto del pánico inducido a los agentes económicos en todo el mundo, no luce completamente desechable o utópico vislumbrar una tasa de cambio, no muy lejana, que se aproxime a 2 US dólares/euro.

Claro está, lo anterior se vería coadyuvado por la escasez de liquidez monetaria, inducida por la pérdida de los valores inmobiliarios, causa en buena parte subyacente a la actual crisis, la cual ha ya afectado ese sector y a los contribuyentes norteamericanos, en una cifra estimada en más de USD1 trillón (USD 1 billón métrico). Una solución paliativa a esta situación, consistiría en la continua adquisición, por parte de los fondos soberanos – China, Japón, países del Medio Oriente, etc – de los bonos emitidos por el gobierno federal (deuda pública), así como de algunos activos privados norteamericanos – en bancos, sociedades financieras, de seguro, petroleras, tecnológicas de punta – tal como lo han venido haciendo, durante los últimos años, los países antes citados en forma creciente y venciendo importantes obstáculos políticos.

En contraposición a estas expectativas relativamente favorables, se nos presenta la progresiva pérdida de interés de estos países a seguir financiando la deuda norteamericana, en la misma medida como lo han venido haciendo hasta ahora. Ello se debe tanto a la depreciación del dólar, como a las actuales tasas de interés ofrecidas en los EE.UU., las cuales resultan comparativamente poco competitivas en los mercados financieros internacionales.

El otro aspecto muy negativo y preocupante, responsable en buena parte de la actual crisis económica y financiera imperante en EE.UU., lo constituye la masiva permanencia de sus tropas de ocupación y del personal mercenario – contratistas al servicio del Pentágono – en Iraq. Según las cifras oficiales, el gasto militar acumulado, desde 2003, asciende a poco más de USD 700 millardos. Sin embargo, un estudio y cálculos más completos y confiables – Joseph Stiglitz y Linda Bilmes - que consideran todos los costos militares y civiles, directos e indirectos, causados al fisco y a la economía norteamericanos, por esa guerra y posterior invasión, ascendería a más de USD 3 trillones ( USD 3 billones métricos).

Con base en estas últimas cifras, una política o enfoque diferente, más flexible, menos intervencionista, aplicados en las futuras relaciones de los EE.UU. con los países en conflicto en esa zona del Medio Oriente, le podría liberar a éste enormes recursos económicos. A través de ellos, ese país estaría en mayor y mejor capacidad para enfrentar y superar, exitosamente y de manera acelerada, la actual crisis económico-fiscal-financiera. De dicho proceso podría resultar, dentro de un plazo relativamente corto, un dólar reforzado, con mayor poder adquisitivo dentro y fuera de EE.UU.. Sus innumerables “externalidades” positivas se traducirían en una superior calidad de vida para su población en general, puesto que, entre otros múltiples beneficios, la apreciación y estabilidad de su moneda lograrían reducir, en pocos meses, la presión inflacionaria a niveles normales, creando así el clima de necesaria confianza, siendo éste el elemento indispensable para el logro de un renovado ciclo de crecimiento económico sostenido.

Para culminar este breve análisis, se podría contemplar la factibilidad de alcanzar el deseable círculo virtuoso. En efecto, un dólar nuevamente bajo control y estable, propendería a ubicar el petróleo, con cuyo precio la fluctuación de esa divisa está fuertemente correlacionada, de nuevo en niveles más razonables e igualmente más estables. Como consecuencia, los combustibles estarían menos expuestos a los movimientos especulativos, causados por las compras a futuro en los mercados bursátiles, en cuyo seno se negocia, cada 24 horas, casi el doble de los 86,5 millones de barriles de crudo realmente consumidos diariamente en el mundo.

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