12 noviembre, 2011

La nueva confusión acerca de los impuestos

Por D.W. MacKenzie.

Barack Obama declaró recientemente que si un republicano gana las próximas elecciones, los estadounidenses estarían “solos”. La protección del gobierno ante cosas como la contaminación, las tarifas ocultas y las ejecuciones hipotecarias desaparecerían y la gente no sería capaz de confiar en otros para pagar cosas que no pueden permitirse.

Rush Limbaugh le respondió diciendo “Estupendo, eso es lo que queremos, estar solos”.

Obama y Limbaugh parecen mantener una visión común del capitalismo como un sistema de “duro individualismo”: uno condena la confianza en uno mismo, el otro la alaba. Ninguno de ambos parece apreciar la verdadera naturaleza del capitalismo. No importaría si la confusión sobre la naturaleza del capitalismo se limitara a solo estos dos individuos. Por desgracia, los errores respecto de la forma en que funciona el capitalismo están ampliamente extendidos.

Hay un aspecto en el que la gente tratar de estar sola. La gente quiere evitar pagar impuestos. La reciente discusión de las cargas fiscales ejemplifica la confusión sobre cómo funcionan los mercados. El aumento en el gasto en déficit ha espoleado el debate sobre quién debería soportar las futuras cargas fiscales. La gente en la izquierda política quiere gravar a los ricos para hacerles pagar su “justa porción”. De acuerdo con muchos en la derecha política, los estadounidenses de rentas altas ya pagan la mayoría de los impuestos. El 1% superior de perceptores de rentas pagan tanto como todos los demás y el 50% inferior no pagan ningún impuesto (sobre la renta) en absoluto. La izquierda política responde apuntando que la desigualdad ha aumentado. Los ricos se están haciendo más ricos y supuestamente necesitamos más igualdad para alcanzar la justicia social.


El problema con todo el debate popular sobre impuestos es que los esfuerzos por evitar los impuestos van más allá de la competencia política por los tipos impositivos legales. Los esfuerzos por evitar impuestos se extienden a los mercados. Si, por ejemplo, los impuestos a las rentas superiores subieran un 20%. Los trabajadores de altas rentas reaccionarían a esto negociando mayores salarios. Si los trabajadores de altas rentas tienen éxito en aumentar sus salarios un 10%, cerca de la mitad de este impuesto lo pagarían sus empresarios. El impuesto más alto reduce los salarios percibidos; los salarios más altos aumentan los salarios pagados. En este punto, la división exacta de la carga fiscal entre empresarios y empleados depende de la posición negociadora relativa de toda esta gente en el mercado laboral. La realidad es que los empleados de altas rentas pasarán parte, tal vez incluso la mayoría, de cualquier impuesto progresivo a sus empresarios.

Los empresarios contratarán a menos empleados de altas rentas y tratarán de pasar sus acrecentados costes laborales a sus clientes. Esto depende ahora del poder negociador relativo del vendedor y sus clientes. En la medida en que los propietarios de negocios puedan aumentar los precios sin grandes pérdidas comparativas en el volumen de ventas, podrán pasar la mayoría de los costes impositivos aumentados a los consumidores. Los consumidores que compren aún a un precio mayor acaban pagando parte del impuesto que se supone que solo afecta a “los ricos”. La derecha política se equivoca en su opinión de que los inferiores no pagan impuestos sobre la renta. Todos pagan impuestos a las ventas directamente, pero los estadounidenses de rentas medias y bajas acaban pagando parte de los impuestos dirigidos a los estadounidenses de rentas altas. La izquierda política también se equivoca. Las cargas actuales de impuestos más altos no pueden aislarse en “los ricos”. Los estadounidenses pobres y de rentas medias ya están pagando impuestos ocultos a través de precios más altos. Lo aumentos adicionales en impuestos explícitos al 1% o 5% superior aumentarían las cargas fiscales ocultas que todos los demás ya soportan.

Uno podría argumentar que las cargas fiscales ocultas antes mencionadas son a menudo pequeñas. Tal vez solo un pequeño porcentaje de los impuestos que se pasan a los empresarios se pasan a su vez a los consumidores en forma de precios más altos. Si los empresarios sencillamente afrontan costes laborales marginales superiores sin ingresos marginales superiores, disminuyen sus márgenes de beneficios. Las disminuciones en los retornos en las inversiones empresariales inhiben el crecimiento futuro. Un crecimiento económico lento se traduce en un crecimiento futuro lento en salarios y rentas para casi todos. Los efectos de los impuestos en el crecimiento son posiblemente, más sutiles que el precio.

Las economías de mercado son sistemas complejos en los que los intereses de todos están entremezclados. Los esfuerzos por cambiar los resultados de la competencia en el mercado conllevarán consecuencias no pretendidas. El concepto de justicia social es en sí mismo indefinido y arbitrario. Sin embargo, aunque consiguiéramos acordar todos una noción de redistribución “socialmente justa” no hay forma práctica de estructurar realmente los impuestos (o el gasto público) para alcanzar ese objetivo. La imposición de nuevos impuestos cambia salarios y precios en formas que son imposibles de predecir de antemano y difíciles de medir incluso después del hecho.

Tanto derecha como izquierda parecen haber abrazado el mito de que el estado es capaz de restringir los efectos de los impuestos a personas concretas. Aunque no podemos medir con precisión las cargas fiscales reales de cada uno, sí sabemos que las cargas fiscales reales se desvían significativamente de las cargas fiscales pretendidas. Las personas de rentas altas no pagan tanto como sugieren los tipos impositivos oficiales. Los mercados dispersan las cargas fiscales más uniformemente de lo que cree la mayoría de la gente. Esfuerzos por “hacer que los ricos paguen su parte justa” aumentan por tanto la verdadera carga fiscal compartida mediante impuestos indirectos y ocultos. Los beneficios de los recortes fiscales también se comparten más extensamente de lo que cree la mayoría de la gente.

Hay dos lecciones principales en esto. Primera, ninguno de nosotros está nunca realmente “solo”, porque el sistema de mercado es un sistema social. Segundo, los políticos no pueden usar los impuestos para conseguir ninguna serie concreta de objetivo de “justicia” en la renta, porque el sistema de mercado es extraordinariamente complejo y adaptable, y los propios políticos son cualquier cosa menos omniscientes. Una autoridad omnisciente y omnipotente podría imponer alguna idea de justicia social. La realidad que afrontamos es que la justicia social es, al mismo tiempo, arbitraria e inaplicable en la práctica. Estas dos lecciones tienen implicaciones importantes.

Por suerte, hay una solución fácil al problema de evitar los impuestos. Todos podemos evitar las cargas fiscales pesadas si los funcionarios recortan el gasto federal innecesario o desperdiciado. Un análisis detallado de todo el gasto público es evidentemente una tarea muy complicada, pero mucho del trabajo ya está hecho. Pocos programas federales se acercan a la definición económica de un bien público o están conformes con los límites constitucionales del gobierno federal. Todos pagamos impuestos innecesariamente altos. Todos podemos pagar menos.

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